Guía de la Basílica de San Apolinar el Nuevo de Rávena (Italia)
La Basílica de San Apolinar el Nuevo (Sant'Apollinare Nuovo en italiano), es uno de los monumentos declarados en 1996 Patrimonio de la Humanidad de Rávena y, seguramente, junto al Mausoleo de Gala Placidia y San Vitale forma parte del trío de edificios más relevantes de lo ocho que conforman el listado.
La razón de su importancia es la existencia de mosaicos en magnífico estado de conservación que por sí mismos le dan una enorme relevancia. Pero además, San Apolinar el Nuevo ofrece toda una lección extraordinaria de la evolución del mosaico romano pagano al de época paleocristiana hasta el mosaico de época bizantina. Es, por tanto, un testimonio muy valioso del arte del mosaico del siglo VI d.C. y, con razón, considerado entre los más bellos del mundo.

La Basílica de San Apolinar el Nuevo, uno de los edificios paleocristianos más importantes de Rávena fue construida, a partir del año 505 d.C., como iglesia palatina de Teodorico rey ostrogodo de Rávena (y por tanto reservada para el uso de su corte), por lo que inicialmente estaba destinado a las liturgias del culto arriano. Su original advocación fue la de "Dominio Mostro Josu Christi".
EL REY TEODORICO HIZO CONSTRUIR ESTA IGLESIA DESDE LOS CIMIENTOS EN EL NOMBRE DE JESUCRISTO, NUESTRO SEÑOR
Así reza la inscripción relatada por Andrea Agánelo en su Líber Pontificales, el libro dedicado a la historia de la iglesia de Rávena (siglo IX d.C.), que según el historiador debió estar originalmente situada en la zona del ábside.
Tras la derrota de Teodorico y la conquista
de Rávena por los bizantinos, la basílica fue
donada por Justiniano a la Iglesia Católica y reconsagrada
a San Martín de Tours (defensor de la fe católica
y oponente de toda herejía), con un nuevo nombre: San
Martino en Cielo Dorado.
En el año 725 d.C. la iglesia fue dañada por
un violento terremoto, que provocó el derrumbe del
ábside.

En el siglo IX d. C. se decidió trasladar a esta iglesia, que se encontraba dentro de las murallas de la ciudad, las reliquias del primer obispo de Rávena Apolinar, anteriormente guardadas en la Basílica de San Apolinar en Classe. Esto tenía como objetivo defenderlas mejor de las frecuentes incursiones piratas en la costa de Rávena. Así, San Martino en Ciel d'Oro se convirtió en Sant'Apollinare Nuovo (San Apolinar el Nuevo) para todos.
Durante la Primera Guerra Mundial, en 1916 la iglesia fue bombardeada y sufrió importantes daños.

Arquitectura
La planta de San Apolinar el Nuevo de Rávena es la normal en las basílicas de esta época, constituida por un alargado y orientado cuerpo de tres naves que se separan entre si mediante arcos de medio punto sobre columnas exentas. La nave central tiene el doble de anchura que las colaterales. La iglesia se completó con un ábside semicircular por dentro y poligonal (hemidecagonal) por fuera, reconstruido en el siglo XVI y destruido de nuevo durante la Segunda Guerra Mundial. También tiene dos absidiolos laterales más pequeños llamados diaconicón y prótesis.

Exterior
La fachada de Sant'Apollinare Nuovo, con su sencillo revestimiento de ladrillo, tiene salientes abiertos en la parte superior por una gran ventana con parteluz de mármol, coronada a su vez por dos pequeñas ventanas de un solo vano, una al lado de la otra.

El tradicional cuadripórtico fue sustituido por un pórtico de entrada tipo nártex. El actual, reconstruido en el siglo XVI con formas clásicas, es completamente incongruente con la iglesia paleocristiana.
Del exterior sobresale el espectacular campanario de planta circular. Está realizado en ladrillo, datando de los siglos IX o X. Sus cuerpos se separan mediante frisos de ladrillos (uno es esquina) y lleva vanos superpuestos en los cuatro puntos cardinales. Al principio son de un solo vano sencillo pero al ascender se van convirtiendo en bíforos y tríforos.

Interior
Al acceder observamos la elegancia y armonía de su estructura basilical longitudinal de tres naves con sus arquerías de medio punto sobre doce pares de columnas.

No obstante, el visitante suele venir a esta iglesia buscando sus celebérrimos mosaicos, considerados los más importantes del mundo de la era paleocristiana teodericiana y bizantina temprana que se fijaron en los muros de elevación vertical sobre los arcos formeros y sus columnas.

Una obra maestra de inmenso valor que, desde un punto de vista estilístico, iconográfico e ideológico, nos permite seguir la evolución del mosaico desde el paganismo al Cristianismo.
Los mosaicos
La basílica de San Apolinar el Nuevo conserva buena parte del ciclo original de mosaicos paleocristianos tardíos, que datan del primer cuarto del siglo VI d.C. Estos ciclos, creados para celebrar al nuevo soberano, Teodorico, originalmente cubrían los muros sobre los arcos que dividen las naves en tres registros superpuestos.

Sus temas estaban vinculados a la religión arriana, apoyada por Teodorico. Por este motivo, en el momento de la conquista bizantina de la ciudad de Rávena en el año 540, por iniciativa del obispo Agnello, parte de las iconografías fueron suprimidas, salvándose los pasajes evangélicos sobre Cristo, los santos y los profetas en los registros medio y superior; las escenas con vistas al puerto de Classe y al palacio de Teodorico en el registro inferior.
Por el contrario, en los mosaicos del nivel inferior y más próximo al observador, se llevó a cabo una verdadera redecoración, suprimiendo además los retratos que pertenecieron al propio Teodorico y a sus dignatarios.
Desde el punto de vista estilístico estos mosaicos paleocristianos de época de Teodorico muestran, en comparación con las del Mausoleo de Gala Placidia, signos de una importante evolución estilística. Se ha abandonado cualquier afán de realismo, mientras prevalece la búsqueda de la estilización. Los personajes se diferencian por proporciones jerárquicas, en función de su importancia. El fondo dorado, inspirado en el ejemplo del arte contemporáneo de Constantinopla, crea escenarios antinaturales que aluden a una dimensión distinta al mundo físico, a la dimensión espiritual.

Este sistema de representación conscientemente ignora la verosimilitud. Esto sucede porque se trata de una forma autónoma de concebir la representación, que puede tender a ser ajena al gusto estético occidental actual, tan impregnado de clasicismo, pero que es claramente inherente al arte mismo.

La espiritualidad cristiana no encontró en el realismo perspectivo, concebido a la manera de la pintura grecorromana, una identidad propia capaz de satisfacer las nuevas necesidades religiosas. De hecho, ya a finales del siglo V, el arte comenzó a hacer uso de composiciones en perspectiva sin escorzos ni puntos de fuga, cuyo resultado es decididamente poco fiel a la visión normal que un observador tiene de la realidad.

Cuando la función didáctica del arte exigía alusiones a espacios reales, se prefirió romper la unidad espacial, favoreciendo una recomposición esquemática de los episodios individuales. En la Basílica de San Apolinar Nuevo, por ejemplo, las dos escenas con el Palacio de Teodorico y el Puerto de Classe no utilizan ni la tridimensionalidad ni la perspectiva.
Registro superior
En este nivel superior aparecen 26 pasajes evangélicos de Cristo extraídos del Nuevo Testamento. Cada pasaje individual está contenido dentro de una caja rectangular. Jesús aparece allí en la iconografía tradicional del Cristo imberbe apolíneo, a excepción de las escenas de la Pasión, en las que se le presenta con barba. Entre un piso y otro se repite la imagen simbólica de un pabellón coronado por una cruz y dos palomas.

En la escena de Cristo separando las ovejas de los cabritos, Jesús está rigurosamente inmóvil, mientras que los dos ángeles no están correctamente situados en un espacio sino que están literalmente unidos con los animales que, en teoría, deberían estar delante. Todos los personajes, situados uno al lado del otro en primer plano y rígidamente frontales, parecen desprovistos de volumen. Sus imágenes parecen literalmente recortes de papel pegados uno encima de otro.

Otro mosaico esclarecedor del registro superior es el de la Última Cena. No hay una ambientación concreta, porque el fondo dorado hace que el contexto esté desprovisto de referencias espacio-temporales. Jesús, cuya figura es más grande que las demás, según el principio de proporciones jerárquicas, viste un manto de color púrpura y está acostado a su izquierda. Los apóstoles, que deberían aparecer en círculo, están dispuestos, casi como si fueran las cartas abiertas de una baraja, alrededor de un "arco" que en realidad sería la concavidad de la mesa.

Además de las iconografías comentadas, en estas "viñetas" del espacio superior se representan numerosos milagros de Jesús como la curación del ciego, la curación del paralítico, un exorcismo, la resurrección de Lázaro, la multiplicación de los panes y los peces, etc.

Registro medio
Entre los ventanales de iluminación de los muros verticales, aparecen Santos y Profetas con claroscuros y túnicas ricamente decoradas. Además, a pesar del fondo dorado, apoyan los pies en un plano de perspectiva.

Registro inferior
El registro inferior de San Apolinar es muy interesante y en él quedan mosaicos de la época de Teodorico y también del periodo bizantino. Del primero hay que destacar las representaciones del palacio del propio rey ostrogodo Teodorico y del puerto marítimo de Classe. El primero es representado con poca perspectiva mediante estructuras porticadas con columnas corintias, mosaicos y cortinajes. Los edificios que se vislumbran más allá del Palacio representan la ciudad de Rávena.

En época bizantina, este mosaico sufrió una forma de "damnatio memoriae" de modo que todas las figuras, que probablemente representaban al propio Teodorico y a sus dignatarios, fueron suprimidas y sustituidas por cortinas blancas y doradas colgadas entre una columna y otra. Algunas manos permanecen superpuestas a las columnas para dar testimonio de su antigua presencia.
Enfrente, encontramos el mosaico que representa el puerto militar de Classe, el más importante del Adriático y uno de los más relevantes de Occidente (Classis significa en latín flota). Se ven las murallas almenadas de la ciudad, altas y poderosas, de las que emergen algunos edificios muy estilizados, incluido un anfiteatro. En el extremo derecho está la puerta de la ciudad, encima de la cual leemos CIVI[TAS] CLASSIS, Ciudad de Clase.

A la izquierda, entre dos altas torres de piedra, se vislumbra el agua del Adriático. El mar está representado verticalmente y los tres barcos también se muestran uno encima del otro, como si flotaran en el aire. Esto cae dentro de la lógica de la representación en perspectiva del cristianismo primitivo. Si los barcos se hubieran superpuesto correctamente, siguiendo las reglas de la perspectiva lineal o científica, no todos habrían sido perfectamente visibles.

También en el registro inferior tenemos los mosaicos conocidos como de los Santos Mártires y las Santísimas Vírgenes, realizados en la época de dominio bizantino (cuando Rávena era un Exarcado dependiente de Constantinopla ) y resaltan algunas de las características del arte del Imperio de Oriente como: la repetitividad de los gestos, el preciosismo de la ropa, la falta de volumen (con el consiguiente aplanamiento o bidimensionalidad de las figuras) y de nuevo la frontalidad absoluta, la fijeza de las miradas, la casi monocromía de los fondos (un oro deslumbrante), el uso de elementos vegetales con fines puramente ornamentales y de relleno, la falta de una superficie de apoyo para las figuras que, por tanto, parecen como si flotaran en el espacio.

En el tema de la procesión de los mártires (identificados por su nombre escrito en la parte superior), éstos avanzan solemnemente con sus túnicas blancas desde Rávena hacia Jesús por un prado florido con altas palmeras, cubiertos por su manto en señal de ofrenda sagrada, ofreciendo una preciosa corona, símbolo del martirio.

Jesús les espera en un trono repleto de piedras preciosas. Viste túnica púrpura y aparece barbado. A los lados hay dos parejas de ángeles prácticamente idénticos. También hay que fijarse que el escabel del trono de Cristo está representado con perspectiva lineal.

El mosaico de la procesión de las Vírgenes también fija el origen en la ciudad portuaria de Classe con un prado florido con altas palmeras al fondo. Cada virgen es identificada por su nombre, tiene una aureola y va vestida con ropajes reales, mientras ofrece, cubierta con un velo en señal de ofrenda sagrada, una preciosa corona, símbolo del martirio.

Al final de la procesión se representa la Epifanía, es decir, la adoración de los Reyes Magos (con calzones, manto y gorro frigio) al Niño Jesús que se encuentra con la Virgen entronizada entre cuatro ángeles. Aquí, el escabel sí se ha representado con perspectiva inversa.

Con todo, el mosaico más popular y fotografiado de la Basílica de San Apolinar el Nuevo de Rávena es, precisamente, el de los Magos. Los Evangelios no aportan demasiados detalles sobre estos personajes. De hecho no indican que fueran tres ni que fueran reyes, sino sólo magos, que en el concepto antiguo se podría traducir como astrónomos. Obviamente, tampoco se indica en la Biblia que sus nombre fueran Melchor, Gaspar y Baltasar. Sin embargo desde muy pronto, la tradición cristiana fue admitiendo estas condiciones y características.
En concreto, este mosaico de la Adoración de los Magos aporta aspectos muy interesantes como los exótico de las vestimenta de cada uno de los personajes, los nombres ya asignados que aparecen el letreros de color negro sobre sus cabezas y, sobre todo, la postura con que son representados. En efecto, al contrario del resto de personajes que se muestran en los mosaicos de la basílica, aquí los tres hombres aparecen de perfil, en actitud muy dinámica de caminar, de avanzar con celeridad hacia el lugar donde se encuentran la Virgen y el Niño.
