Biografía, obra y pensamiento de San Agustín de Hipona
Trayectoria vital de San Agustín de Hipona
La
vida de San Agustín de Hipona es la historia de un
recorrido intelectual en busca de la verdad que le llevó
de la retórica a la filosofía, del maniqueísmo
al neoplatonismo, y de éste al cristianismo.
El propio San Agustín proporciona en sus escritos numerosa información sobre sí mismo. De hecho, una de las principales fuentes documentales para el conocimiento de su vida son sus famosas Confesiones, escrito autobiográfico que aporta datos desde su nacimiento hasta la muerte de su madre Mónica, ocurrida en Roma en el año 387. Junto a ellas, la Vita Sancti Augustini, compuesta entre los años 431 y 439, es decir, inmediatamente después de la muerte de San Agustín, por su amigo y compañero, el obispo de Calama, San Posidio, proporciona numerosa información de su etapa como obispo de Hipona.
Del nacimiento a la conversión: el maniqueo y el escéptico
Aurelio
Agustín nació el día 13 de noviembre del año
354 d.C. en la ciudad de Tagaste (hoy la ciudad argelina de Souk
Ahras), situada en la provincia romana de Numidia. De padre pagano
y madre cristiana, tuvo dos hermanos, Navigio, contertulio suyo
en algunos diálogos, y Perpetua. Su padre, Patricio, al que
Agustín dedica escasa atención en las Confesiones,
era un funcionario municipal de carácter violento y aficionado
a la bebida. Poco antes de morir se convirtió al cristianismo
por influencia de su mujer, Mónica, una devota cristiana
que ejerció un gran influjo sobre su hijo y hubo de soportar
las preocupaciones provocadas por el comportamiento de éste
en sus años de juventud.
En Tagaste pasó su infancia y cursó sus primeros estudios. Se conoce bastante mejor su juventud gracias a los datos que da en sus Confesiones. Antes de morir, Patricio reunió dinero suficiente para que Agustín, dotado de una gran inteligencia, prosiguiera su educación en Madaura y en Cartago, ciudad a la que llegó con 16 o 17 años. Allí estudió con éxito gramática y retórica, llegando a ser el mejor alumno de la escuela. Además, conoció a una mujer, cuyo nombre no menciona, con quien mantuvo una larga relación amorosa fruto de la cual nació, en el 372, su hijo Adeodato, quien permaneció con Agustín hasta su temprana muerte acaecida en el 389. Pero el estilo de vida licencioso y disoluto que llevó en esta época- en las Confesiones afirma que llegó a ser "el más vil esclavo de las bajas pasiones"- le deja insatisfecho e inicia una búsqueda intelectual para descubrir la verdad acerca de sí mismo. Comenzaba, así, a los 19 años, su larga evolución interior que le llevaría a recibir el bautismo cristiano.
El
cristianismo que le ofrecía su madre parecía demasiado
simple para satisfacer su exigente intelecto pues necesitaba una
explicación a sus preguntas y dudas que resultase convincente
y lo bastante profunda para que él pudiera aceptarla. Descubrió
la filosofía gracias a la lectura de un libro hoy perdido
de Cicerón, el Hortensius. Se trataba de una exhortación
a la filosofía y Agustín se sintió, en seguida,
atraído por ella. Sin embargo, Cicerón no ofrecía
soluciones ni explicaciones a sus problemas morales.
Agustín se acercó entonces al maniqueísmo y entró en un grupo de Cartago. Abrazó durante nueve años esta secta dualista, muy extendida, por entonces, en el norte de África. Según la doctrina maniquea, no somos nosotros quienes pecamos, sino otra naturaleza más tenebrosa que se apodera de nuestras almas. El maniqueísmo, por tanto, ofrecía indudables atractivos a un espíritu como el suyo, atormentado por la lucha moral. Le daba una respuesta al problema del mal, acuciante para san Agustín a lo largo de toda su vida.
Entretanto, Agustín finalizó sus estudios en Cartago y regresó a su ciudad natal, Tagaste, para enseñar gramática y retórica. Poco después, ya con veinte años, vuelve a Cartago para ejercer como profesor.
A
los 26 o 27 años escribió su primera obra, De pulchro
et apto (Sobre lo bello y lo conveniente), hoy perdida. Ya por entonces
su entusiasmo por el maniqueísmo había comenzado a
decaer. A Agustín se le planteaban grandes dudas a las cuales
la enseñanza de Mani no era capaz de proporcionar solución.
La entrevista que tuvo con el obispo maniqueo Fausto para tratar
diversos temas, no hizo sino aumentar sus sospechas hacia el maniqueísmo
dada la escasa talla intelectual de éste. Hacia el 400 d.
C., Agustín refutará a los maniqueos en Contra Faustum
(Contra Fausto).
Unos años después, en el año 383, Agustín decidió marchar a Roma con su hijo y con su amante para trabajar como profesor de retórica. Al poco de llegar cayó enfermo de gravedad. Restablecido y decepcionado con el materialismo maniqueo, comenzó a tomar en consideración la doctrina escéptica de la Academia Nueva, creyendo que alcanzar la verdad era un objetivo imposible.
En
el otoño del año 384, Agustín se traslada a
Milán para enseñar retórica. La ciudad había
remplazado a Roma como capital administrativa del Imperio Romano
y se había convertido en residencia de la corte imperial.
Además, era un importante centro cultural donde se conocía
bien a Platón y el neoplatonismo. La figura más influyente
de Milán era el obispo Ambrosio, cuyos sermones atraían
a una amplia audiencia. Agustín empezó a frecuentar
sus predicaciones y a encontrar en ellas respuestas a las dudas
no solucionadas por los maniqueos. San Ambrosio, que conocía
bien a Plotino, Filón y Orígenes, practicaba una interpretación
alegórica de la Biblia, lo que dio a Agustín la clave
para acercarse al texto sagrado: se podía leer la Biblia
figurativamente, no sólo literalmente, lo cual despertó
un gran interés en Agustín, que pudo, de este modo,
aceptar los escritos bíblicos. Con el obispo de Milán,
Agustín se desengañó de dos prejuicios que
había mantenido hasta ese momento respecto del cristianismo:
vio que un hombre de gran inteligencia podía abrazar esa
religión y descubrió que la Biblia era un libro mucho
más profundo de lo que él había creído.
Agustín ya no era maniqueo pero todavía sentía vivísimos deseos de "honores, riquezas y matrimonio", como afirma en el Libro VI de las Confesiones. Mónica, que había llegado a Italia para estar con su hijo, eligió a una muchacha apropiada y se prometieron a pesar de que ella era demasiado joven y debían esperar varios años antes de poderse casar. La madre de su hijo, con la que había vivido casi quince años, regresó a África dejando a Adeodato con él. Agustín, ante la perspectiva de dos años de espera antes del matrimonio, tomó otra amante "porque no era yo amante del matrimonio, sino esclavo de la sensualidad" y "para sustentar y conducir íntegra o aumentada la enfermedad de mi alma [ ] al estado del matrimonio".
Entonces
conoció algunos textos de Plotino, traducidos por Mario Victorino,
filósofo neoplatónico convertido al cristianismo.
A través de su lectura, se adhirió al neoplatonismo,
liberándose completamente del escepticismo académico.
En la obra de Plotino descubrió algo nuevo: la concepción
de Dios y del alma como realidades inmateriales, lo que le ayudó
a resolver el problema del Mal. La conversión filosófica
de Agustín al neoplatonismo introdujo definitivamente el
inmaterialismo en la filosofía posterior.
En su búsqueda de la verdad leyó también las epístolas de San Pablo, a través de las cuales descubrió la afirmación de que sólo la gracia de Cristo puede salvar al hombre, doctrina que constituye otro de los pilares de su pensamiento. Agustín se aproximaba cada vez más al cristianismo.
De la conversión al cristianismo a la consagración episcopal: el neoplatónico cristiano
Esta búsqueda intelectual y espiritual llevó a Agustín al borde de una crisis nerviosa. En agosto del año 386 d.C., cuando estaba en su jardín inmerso en un estado de angustia, oyó la voz de un niño invitándole a leer: Tolle, lege (Toma y lee), lo cual interpretó como un mandato divino para que se acercara a las Escrituras. Agustín se había convertido al cristianismo.
Al
finalizar el verano de ese mismo año, poco después
de su conversión religiosa, Agustín se retiró
a la quinta de Casiciaco, renunciando a la enseñanza y al
matrimonio. En este lugar, cercano a Milán y propiedad de
su amigo Verecundo, profesor como él, adoptó una forma
de vida ascética, acompañado por su madre, su hijo
y sus parientes y discípulos Alipio, Trigedio y Licencio.
El retiro le permite dedicarse al estudio y a la conversación.
Fruto de estas conversaciones son sus primeras obras filosóficas,
conocidas por el nombre genérico de Diálogos de Casiciaco:
Contra los académicos, Sobre la vida feliz, Sobre el orden
y los Soliloquios, en las que nos muestra cuáles eran sus
preocupaciones en esta época (la verdad, la felicidad en
la filosofía, el orden de la Providencia en el mundo y el
problema del mal).
El grupo regresa a Milán en marzo del 387 y, durante la Vigilia Pascual, según la costumbre de la época, Agustín, a la edad de treinta y tres años, fue bautizado por el obispo San Ambrosio, junto a Alipio y su hijo Adeodato.
En agosto todos abandonan Milán y se dirigen al puerto romano de Ostia, para regresar al norte de África. Sin embargo, cuando se disponían a embarcar, Mónica enfermó repentinamente y murió. Fue canonizada unos años más tarde y es hoy la santa patrona de las mujeres casadas. Con la muerte de Santa Mónica termina la parte narrativa de las Confesiones que Agustín escribió una década más tarde. Agustín decide entonces permanecer durante algún tiempo en Roma, interesándose por la vida monástica y escribiendo algunos libros: De inmortalitate animae, De quantitate animae y De moribus manichaeorum, en el que empieza su polémica con los maniqueos. Además inicia la composición de otros que finalizaría estando ya en África: De libero arbitrio y De música.
Finalizado
el verano del 388 embarca definitivamente con destino a África
y se instala en Tagaste, con Adeodato, Alipio, y otros compañeros.
Hasta el año 391 permanece allí, llevando una vida
en comunidad, austera y entregada al estudio y a la oración.
Termina las obras iniciadas en Roma y comienza un fructífero
período de composición de escritos. Destaca el diálogo
De magistro, cuyo objeto es mostrar al verdadero maestro interior,
Cristo, y también el tratado De vera religione, sobre las
relaciones entre la fe y la razón. Redacta respuestas a cuestiones
que le empezaban a plantear no sólo sus compañeros
sino también habitantes de otras ciudades cercanas pues su
fama iba en aumento.
Desde su consagración episcopal hasta su muerte: el doctor de la Iglesia
En
el año 391 se traslada a Hipona (hoy llamada Annaba, en la
costa nororiental de Argelia), ciudad portuaria en la que había
arraigado con fuerza la herejía donatista. Allí, tras
ordenarse sacerdote, el obispo Valerio le donó un huerto
donde fundó un monasterio. Empezó entonces a predicar,
llegando incluso a exponer un sermón ante los obispos de
África, reunidos en Hipona, en el año 393. Continuó
también con su labor de apologética y de controversia
contra maniqueos y donatistas, fruto de la cual fueron diversas
obras entre las que cabe destacar De utilitate credendi.
La reputación de Agustín iba en aumento y el anciano Valerio acudió al primado de Cartago para que lo nombrara obispo auxiliar de Hipona, cargo para el que fue consagrado en el año 396. Cuando Valerio murió poco después, Agustín fue nombrado obispo de Hipona, dignidad que ocupará hasta su muerte. Tenía cuarenta y dos años de edad y ponía fin a una vida de estudio y oración en retiro y en comunidad.
Sus ocupaciones desde ese momento son narradas con detalle por su biógrafo Posidio. Llevó una incansable labor de apostolado: predica, interviene en cuestiones litigiosas, se afana en las controversias con donatistas, maniqueos, pelagianos y arrianos, participa en concilios locales y en asambleas de obispos norteafricanos, mantiene relaciones epistolares con Italia, Hispania y la Galia y se dedica a la formación de clérigos.
Además
del tiempo que empleaba en las obligaciones propias del cargo, Agustín
demostró en esta larga etapa una gran fecundidad como escritor.
Durante los dos años siguientes a su nombramiento como obispo
escribió más de trescientos sermones y más
de doscientas cartas. De entonces son también sus Confesiones,
una de sus principales obras. En esta obra, compuesta entre el 397
y el 400 y considerada una de las primeras autobiografías
de la historia, expone un esbozo de su filosofía, incluyendo
su original teoría del tiempo. Agustín compuso, además,
sus más importantes obras apologéticas, dogmáticas,
morales, pastorales y exegéticas. Entre ellas cabe destacar
De doctrina christiana, escrita hacia el año 397, y De Trinitate,
una de las cumbres de la teología cristiana occidental, compuesta
entre el 399 y el 412.
El desastre del Imperio le sugirió su obra más amplia, De Civitate Dei (La Ciudad de Dios), en la cual empleó catorce años de su vida (413-426). En ella dio respuesta a los que acusaban a los cristianos de ser los culpables de la caída de Roma, en el año 410, en manos de los visigodos de Alarico. Tal acontecimiento fue achacado a la pérdida de la fe en los dioses antiguos, cuyo culto había sido prohibido por el emperador Teodosio en favor del cristianismo. Agustín combatió este argumento y su respuesta fue la Ciudad de Dios, una obra maestra de teología y filosofía. La Ciudad de Dios está dividida en dos partes: la primera, los diez primeros libros, son una crítica del paganismo; la segunda, los doce libros restantes, es una presentación de la Iglesia: la divina Providencia que guía a la humanidad a lo largo de la historia. Agustín expone la primera visión cristiana de la historia, permitiendo a los cristianos aceptar la caída de Roma como parte del orden divino. A la Ciudad Terrena, cuyos habitantes se deleitan en el mundo temporal, opone la Ciudad de Dios, que tiene una existencia puramente espiritual.
Ejerció
también una vigorosa oposición contra las herejías
que dividían África por entonces, desarrollando su
propio pensamiento al mismo tiempo que combatía el de los
enemigos. Es, sobre todo, la polémica contra Pelagio, quien
arribó al norte de África después de la caída
de Roma, y contra su continuador, Julián de Eclano, la que
reviste mayor interés. El pecado original, la libertad contaminada
por el pecado y la gracia serán los temas sobre los que trató
Agustín en su polémica con los pelagianos. Pelagio
afirmaba que no existe el pecado original y que el hombre es capaz
de ganar el cielo sin ayuda de la gracia de Dios. Ello era contrario
a la visión de san Agustín que creía que la
gracia divina era indispensable para salvarse.
También se enfrentó al donatismo en lo referido a la pureza moral de los ministros de la Iglesia como requisito imprescindible en la administración de los sacramentos.
Además, antes de morir quiso revisar todos sus libros, fruto de lo cual fueron sus Retractaciones.
El
colapso del Imperio Romano se aceleró durante los últimos
años de la vida de san Agustín. En el año 428
los vándalos de Genserico habían comenzado la invasión
del norte de África. En mayo del 430 llegaban a Hipona y
ponían sitio a la ciudad. A los tres meses de comenzar el
asedio Agustín cayó enfermo. Unos días después,
el 28 de agosto del año 430, murió, poco antes de
que la ciudad fuera tomada e incendiada por los vándalos.
Vivió setenta y seis años, siendo sacerdote y obispo
casi cuarenta.
En el año 497, los vándalos expulsaron a los obispos católicos de Numidia. Éstos llevaron el cuerpo de Agustín hasta Cerdeña, donde permaneció hasta la invasión islámica del siglo VIII. Entonces, el rey de los lombardos, Luitprando, rescató las reliquias de Agustín y las hizo llevar a Pavía, donde han permanecido hasta el día de hoy, custodiadas en la basílica de San Pedro en el Cielo de Oro.
Obra y pensamiento de San Agustín de Hipona
Obra
La ingente obra del obispo de Hipona se conoce bastante bien ya que se ha conservado casi en su totalidad y a que, el propio San Agustín hizo una enumeración de sus escritos en sus Retractaciones. Por su parte, San Posidio, además de escribir su biografía, fue autor de un Indiculus o lista de las obras de San Agustín.
Su magno trabajo comprende diversos tipos de escritos:
Además de esta inmensa obra, San Agustín dejó numerosas cartas y sermones e, incluso, una regla monástica que es considerada la más antigua de Occidente.
La influencia del neoplatonismo
San
Agustín fue el primer gran filósofo cristiano y el
exponente más grande de la filosofía durante casi
un milenio y medio pues, cuando surge su figura, habían pasado
seiscientos años desde la muerte de Aristóteles y
aún faltaban casi ochocientos años para la aparición
de Tomás de Aquino. Su pensamiento, síntesis de cristianismo
y neoplatonismo, representa el esfuerzo de seguir a los platónicos
lo más lejos que permitía la fe católica. La
fusión de estas dos doctrinas proporcionó al cristianismo
un apoyo intelectual fuerte y fue la contribución más
importante de San Agustín a la filosofía.
El neoplatonismo se desarrolló a partir del siglo III d.C. y fue fruto de la orientación místico-religiosa que adquirió por entonces la filosofía. Esta corriente filosófica insistía en la transcendencia de Dios, a quien considera como un ser absolutamente transcendente e incomprensible. La unión mística con Dios pasa a ser el fin último del hombre. Se considera fundador de esta corriente a Plotino (205-270), cuyas obras fueron publicadas por su discípulo Porfirio, bajo el título de Enéadas. Aunque Plotino partió del comentario a las obras de Platón, les dio un giro que tiñó su obra de un misticismo preocupado por la salvación del individuo a través del conocimiento del absoluto. Ese conocimiento se consigue mediante la unión extática con Dios, a quien llama el Uno. El Uno es absolutamente transcendente, inefable e incomprensible y de él emana, gradualmente y sin corromperlo, toda la realidad. El primer producto que emana del Uno es la Inteligencia (Nous), que conoce al Uno y que se correspondería con el mundo de las ideas de Platón; de la inteligencia emana el alma, puente entre el mundo inteligible y el mundo sensible, y así hasta llegar al producto ínfimo, que es la materia.
La concepción neoplatónica del hombre es dualista. Todas las almas proceden del Alma del Mundo; algunas permanecen separadas, contemplando el mundo de las Ideas, pero las que se apartan de tal contemplación, caen en el mundo de las cosas y se ven encerradas en un cuerpo, surgiendo las pasiones y los deseos. La meta final del hombre, según Plotino, es el proceso de retorno y contemplación del Uno, lo cual se consigue cuando el hombre entra dentro de sí mismo y vuelve a la interioridad.
El neoplatonismo ejerció una fuerte influencia en la patrística cristiana a través, no sólo de San Agustín, sino también de Orígenes y el Pseudo- Dionisio Areopagita. En las comunidades cristianas de la Antigüedad tardía se vio la necesidad de llegar a una mejor compresión y conceptualización de la revelación bíblica, siendo a raíz de las controversias con los herejes cuando esta labor cobró mayor impulso. Surge entonces la Patrística, pensamiento filosófico- religioso, cuyos más importantes representantes son San Jerónimo, San Ambrosio, San Agustín y San Gregorio Magno, los cuatro Padres de la Iglesia. La Patrística utilizó sobre todo a Platón: "Nadie se ha acercado tanto a nosotros", escribió San Agustín, quien se sintió especialmente impresionado por los elementos místicos del neoplatonismo y por la idea de que el más íntimo espíritu del hombre lo une a la realidad suprema. Se puede decir que, mientras San Agustín adaptó el pensamiento platónico al dogma cristiano, Santo Tomás de Aquino concilió las obras de Aristóteles con las enseñanzas de la Iglesia.
El pensamiento de San Agustín
San Agustín sentó las bases filosóficas de la Edad Media. Gracias a su obra, y a la profunda influencia que ésta ejerció sobre pensadores como san Anselmo o San Buenaventura, el neoplatonismo, y con él, la filosofía, en general, sobrevivió en el pensamiento medieval y en la escolástica.
Algunos de los temas fundamentales que aborda San Agustín de Hipona en su obra son los siguientes:
Fe y razón
Uno de las principales ideas que transmitió a los pensadores de la Edad Media fue la identificación entre Fe y Razón, entre Religión y Filosofía. Una y otra tienen la misma finalidad: conocer la verdad indispensable para la salvación del alma y, por ello se las identifica. El hombre busca alcanzar la verdad porque sólo ella le dará la felicidad, núcleo de todo el pensamiento agustiniano. Buscar la felicidad se revela como la única causa y el único fin de la filosofía. La religión y la filosofía son dos medios de que dispone el hombre para lograr su bien. Ambas tienen un mismo fin la sabiduría, que es verdad y, por tanto, felicidad.
Agustín busca la verdad absoluta, inmutable y eterna, la cual no puede ser facilitada por los objetos sensibles, que siempre están cambiando, aparecen y desaparecen; tampoco por el alma que es contingente y mudable. Sólo Dios es la verdad. La verdad es Dios y de su iluminación procede el conocimiento de toda la verdad parcial. De ello se comprende que para San Agustín no pueda establecerse una distinción muy neta entre la razón y la fe. La iluminación del alma por Dios permite explicar la existencia de ideas innatas sin necesidad de recurrir a la preexistencia y reencarnación del alma. Hay que creer lo que Dios revela para llegar a comprender. Pero también la razón puede preceder a la fe, no para demostrar las verdades reveladas, sino demostrando que es razonable creer. Esta mutua colaboración entre razón y fe recibe una formulación famosa: Intellige ut credas, Crede ut intelligas (Sermón 43). La fe ya no es, pues, algo irracional. Para buscarla hay que buscar en el interior del alma, lo cual culmina en un movimiento hacia lo superior: el transcendimiento del alma hacia Dios y la superación de lo meramente terreno.
Teoría de la historia
San Agustín originó muchas ideas filosóficas propias a lo largo de su obra. Entre ellas está la teoría del tiempo, según la cual Dios existe fuera del tiempo, y éste comenzó sólo con la creación del mundo. Según Agustín, Dios creó el mundo ex nihilo, es decir, de la nada. En función de ello, antes de la creación del mundo no podía haber ni tiempo ni historia y, por tanto, se pasa de una concepción circular de la historia a otra lineal que va desde la creación del mundo hasta el Juicio final y que se divide en seis edades. Su tesis es que desde la venida de Cristo se vive en la última edad, pero la duración de ésta sólo Dios la conoce.
Dios y la creación del mundo
Para San Agustín, aunque Dios es incomprensible e inefable ello no quiere decir que no podamos saber nada sobre él, al menos de un modo negativo: si las criaturas son mudables, Dios debe de der inmutable. Dios es el Ser o la esencia inmutable pues sólo aquel que no cambia ni puede cambiar es verdaderamente el Ser.
Por otro lado, San Agustín cambia el concepto neoplatónico de emanación por el bíblico de creación. Pero la interpretación de la creación la hace mediante doctrinas platónicas: Dios creó el mundo tomando como modelo sus propias Ideas (la mente divina es, por tanto, el mundo inteligible platónico). No hay sino Dios y mundo y éste procede íntegramente de Aquél por creación, sin que haya materia alguna preexistente, es decir, las cosas han sido creadas por Dios de la nada.
Y, al igual que los platónicos, proclama, en La ciudad de Dios, que todo lo que procede de Dios es bueno y que la única fuente del mal moral es la libertad de las criaturas. El concepto de creación divina eliminaba el dualismo pesimista maniqueo pues, si la materia también ha sido creada por Dios, no puede ser mala sino buena. Agustín desarrolla a partir de esta idea su teoría del Mal.
Para los neoplatónicos la realidad más alta es Dios. Las cosas emanan de Él en orden descendente de realidad, valor e integración. El Mal surge en la materia, en el punto más bajo de la escala, en el más alejado de Dios. Esto significaba que no había necesidad de dualismo para describir la naturaleza del mal, como pretendían los maniqueos. Para los neoplatónicos el mal era meramente la ausencia del bien.
San Agustín encontró la causa del Mal en el uso incorrecto por parte del hombre de su libertad. El mal se explica por nuestra condición de criaturas, somos limitados, no somos el Ser con mayúscula que es Dios. El hombre es libre y puede hacer el bien o el mal pero tiene una sola alma y una sola voluntad y uno solo es el principio de todas las cosas: Dios y todo lo creado por él es bueno. El Mal, por tanto, también para San Agustín, es ausencia de bien.
El hombre
En su visión del hombre, Agustín adopta un dualismo platónico. Por supuesto, rechaza la preexistencia del alma, la pluralidad de almas en el hombre y que la unión con el cuerpo sea consecuencia de un pecado anterior. Como consecuencia del pecado original, el alma, que está hecha para dirigirse hacia Dios, se vuelve hacia la materia y termina siendo prisionera del cuerpo, dominada por la ignorancia y los malos deseos. El hombre no ha perdido nunca el libre albedrío pero, como consecuencia del pecado original, no puede dejar de pecar. Por ello, la auténtica libertad, que consiste en hacer el bien, ya no está en manos del hombre. Por eso, la humanidad está abocada a la condenación y sólo se salvan aquellos predestinados que reciben la gracia de Dios. El alma sólo puede ser liberada, por tanto, por la gracia de Dios. Ésta es la doctrina que Agustín mantiene frente al pelagianismo que defendía que la voluntad nunca perdió el poder de hacer el bien y que no tiene, por tanto, una necesidad absoluta de la gracia de Cristo para conseguir la salvación.
El pensamiento de San Agustín de Hipona tendió un puente entre el mundo clásico y el mundo medieval, además de sentar las bases de la filosofía y Del cuerpo doctrinal cristiano, lo que le hizo valer el sobrenombre de Doctor de la Iglesia.