Ermita de Nuestra Señora de Cabañas, Almunia de Doña Godina
Introducción
La
ermita de Nuestra Señora de Cabañas se levanta
aproximadamente a dos kilómetros del centro urbano de La Almunia
de Doña Godina (Zaragoza), en un aislado paraje conocido como
Monte de La Cuesta situado al pie mismo de la carretera que conduce
a las vecinas localidades de Calatorao y Épila.
A pocos metros del cauce el Jalón y junto a la vía que comunicaba las ciudades romanas de Caesaraugusta (Zaragoza) y Bilbilis (Calatayud), la solitaria construcción es, como ocurre en tantos casos de edificios religiosos aislados hoy denominados "ermita", la antigua iglesia parroquial y único resto llegado a nuestros días de una población desaparecida; en este caso, de nombre Cabañas y despoblada en el siglo XV.
Esta
población de Cabañas, tras la reconquista cristiana
del Valle del Jalón en tiempos de Alfonso el Batallador, gozaría
de notable pujanza merced sobre todo a la fertilidad y riqueza de
sus vegas, en las cuales, con el tiempo, irían desarrollándose
provechosas explotaciones agropecuarias (almunias) que, al fin y a
la postre, ejercerían de polo de atracción para los
pobladores de Cabañas.
En un momento dado acabarían abandonando el primitivo núcleo en favor de la incipiente "La Almunia de Cabañas", posteriormente denominada de Doña Godina en honor a Doña Goda de Foces, esposa de uno de los principales propietarios de las tierras de nombre Blasco Blázquez.
Tras el abandono del pueblo de Cabañas, la iglesia corrió idéntica suerte y así permaneció hasta que en el siglo XVII fue restituido el culto religioso como santuario de Nuestra Señora de Cabañas, de gran devoción en toda la comarca de Valdejalón.
Pese
a sufrir una desafortunada reforma en los años 60 del siglo
XX que modificó sustancialmente su primitiva fisionomía
(reconocible por antiguas fotos de época), fue declarada Monumento
Nacional en 1978 y Bien de Interés Cultural en 2002.
Arquitectura de la ermita
En su origen, el templo de Cabañas no sería más que una sencilla construcción rural del siglo XII levantada en pobre mampostería y configurada en una sola nave de tres tramos techada en madera a dos aguas que desembocaría en un ábside de tambor cubierto con bóveda de horno.
Pocos años después, avanzado ya el siglo XIII, el espacio destinado a pórtico fue integrado en el templo y convertido en una segunda nave bajo la advocación de San Nicolás, dando como resultado un edificio de dos naves separados por arcos de ladrillo y cubierto con bóvedas de cañón apuntadas que sustituyeron a la techumbre de madera original.
Tras
ser restablecido el culto en la Edad Moderna fue ampliada tanto la
casa del santero adyacente como algunos equipamientos anexos, siendo
su actual aspecto exterior consecuencia de la última y poco
afortunada restauración de 1960, en la cual fue eliminada su
puerta sur, reconstruida totalmente su fachada occidental y añadida
en el muro norte una estancia alargada con función de sacristía.
Al exterior, más allá del ábside de tambor y algunos canecillos de sencilla ornamentación dispuestos a lo largo de sus aleros, la ermita de Cabañas apenas llama la atención, quedando cobijados en el interior como auténticas e inesperadas sorpresas sus elementos más sobresalientes: la pila bautismal, el alfarje mudéjar y su interesantísima colección de pinturas murales bajomedievales.
La pila bautismal
La
pila bautismal, testimonio inequívoco del pasado parroquial
del templo, se sitúa a los pies de la nave sur bajo el citado
alfarje, disponiéndose sobre un podium de doble escalón.
Presenta forma caliciforme con una copa decorada en su exterior a
base de doce arquillos ciegos bajo los cuales se despliegan una serie
de baquetones proyectados hasta el inicio del pedestal, sobre el cual,
además de una moldura sogueada, fueron labrados dos llamativos
mascarones.
Como señalan varios especialistas, dado el aparentemente nada casual número de arquillos que articulan la copa bautismal y el contexto ricamente pictórico del espacio, no es descartable que, en origen, cada uno de esos doce arcos pudieran haber albergado las efigies de los apóstoles.
El alfarje mudéjar, probablemente del siglo XIV, se sitúa a los pies de la nave sur o de San Nicolás. Sin acceso en la actualidad, es más que posible que en origen fuera abordable mediante una escalera de madera desde la nave principal. Aparece decorado en su frente mediante dos tablones calados flanqueados por otros tantos balaustres. Lo más interesante es, sin duda, la decoración pictórica de las jácenas y jaldetas, distinguiéndose una gran variedad de motivos heráldicos bien inscritos en clípeos o bien abrazados por arcos mixtilíneos. Son identificables también, además de guerreros a caballo elegantemente enjaezados, varias representaciones de animales.
Las pinturas murales
El
elemento más sobresaliente y que hace de la ermita de Cabañas
un monumento de visita ineludible es la colección de pinturas
murales góticas conservadas tanto en cascarón absidial
como a lo largo de toda la nave sur.
Pinturas del ábside
Perdidas las que ornaban la parte inferior del hemiciclo absidial y de cuyos restos puede extraerse que quedaba cubierto mediante recurrentes cortinajes, son las de la bóveda o cascarón las que, aún con cierta precariedad, en mejor estado han llegado a nuestros días.
En la parte superior preside la composición la figura de Cristo en Majestad entronizado, dentro de la mandarla y flanqueado por el Tetramorfos, cuyas figuras y filacterias identificativas se encuentran bastante desfiguradas.
En
un registro inferior y en torno a una monumental efigie de la Virgen
María en actitud suplicante con sus brazos extendidos hacia
arriba, aparecen, seis a cada uno de sus lados e individualizados
dentro de arquillos de medio punto, los doce Apóstoles.
Pinturas de la nave sur
Muy interesantes aunque también bastante desdibujados resultan los ciclos pictóricos narrativos plasmados a lo largo de toda la nave sur o de San Nicolás, destinándose el espacio cabecero para escenas de la vida y milagros del propio San Nicolás, y en el muro sur a episodios relativos a Santa Catalina y a la Pasión de Cristo.
En
la mayor parte de los casos, lo que se ha mantenido son las siluetas
de las figuras, habiéndose perdido casi todas las masas de
color, salvo algunas zonas marrones y otras de una suave tonalidad
azulada. Los mejores episodios conservados son los de la Última
Cena y la traición de Judas, donde aparecen los judíos
que arrestan al Salvador armados con todo tipo de armas.
Los arcosolios
También en el muro sur y bajo un breve arcosolio aparece representada una de las figuras más icónicas del conjunto, que no es otra que la del llamado Caballero de Cabañas, el cual se presenta montado sobre un precioso corcel ricamente enjaezado y con cruces de San Jorge bordadas en su peto. Sobre el arco, muy perdido, se adivina una representación del Calvario.
En
el último tramo de la nave sur, flanqueando la pila bautismal
y bajo el ya mencionado alfarje de madera se encuentran las pinturas
mejor conservadas de la ermita de Cabañas.
Tanto el muro meridional como el occidental que delimitan este pequeño espacio quedan articulados mediante arcosolios de escasísima profundidad, dando casi la sensación de ser simplemente arcos de medio punto ciegos.
En estos pretendidos arcosolios, dada su escasa profundidad y el casi nulo espacio disponible para albergar un monumento funerario escultórico a la manera tradicional, en un alarde de ingenio se recurrió a la pintura para reproducir los sepulcros con sus respectivas figuras yacentes sobre ellos, siendo los difuntos probablemente enterrados bajo el propio pavimento del templo.
Así,
en el muro sur, los dos arcosolios están dedicados en este
orden al Caballero López de Luna y al Caballero de Albero.
El primero de ellos, bastante perdido, aparece yacente sobre el sepulcro,
disponiéndose sobre él la escena de su funeral con el
clérigo oficiante, personajes portando cirios y el alma del
difunto (personificada por una figura femenina) siendo elevada a los
cielos por dos ángeles.
En el arcosolio contiguo aparece representado sobre un fondo azul brillante el Caballero de Albero montado en su caballo y portando un escudo y un estandarte. Tanto las propias roscas de los arcos como las enjutas quedan animadas mediante blasones heráldicos.
Los
dos arcosolios del muro occidental fueron dedicados a dos de las esposas
de los Caballeros de Cabañas, de nombres, tal y como rezan
sendas inscripciones, Doña Horia Pérez y Doña
Guillelma. En el primero de ellos, aparece en el registro inferior
la figura yacente de Doña Horia, representada como una mujer
joven y de finísimos rasgos. Sobre ella, separada por la cartela
identificativa en la que se lee "Aquí yace Doña
Horia que fue mujer de Don Martín Pérez Doariz",
fue plasmado un Calvario de gran expresividad y dramatismo.
En el arco contiguo, una nueva inscripción con caligrafía gótica nos revela la identidad de la dama yacente representada: "aquíyace Doña Guillelma Pérez mujer de don Miguel de Albero que fue". Sobre ella, al igual que un uno de los arcosolios del muro contiguo, una pareja de ángeles eleva a los cielos el alma de la difunta, asomando en las enjutas ángeles trompeteros y turiferarios.
(Autor del texto del artículo/colaborador
de ARTEGUIAS:
José Manuel Tomé)