Sinagoga de Córdoba
Introducción
En
plena Judería, la Sinagoga de Córdoba se sitúa
en el extremo suroccidental de lo que fue el casco urbano de la Córdoba
medieval, dentro del primitivo núcleo amurallado y a escasa
distancia tanto de la Mezquita-Catedral como del Alcázar de
los Reyes Cristianos.
Declarada Monumento Nacional nada menos que en 1885 e incluida dentro de la nómina monumental que han hecho a la capital cordobesa merecedora del reconocimiento de Patrimonio de la Humanidad por la Unesco desde 1994, la Sinagoga es, después de la universal Mezquita, el monumento más visitado de la ciudad.
Se trata de la única sinagoga medieval conservada íntegra en territorio andaluz; y junto a las toledanas del Tránsito y de Santa María la Blanca, los únicos edificios de culto judío conservados en España anteriores a su expulsión en 1492.
Los judíos en Córdoba
La
presencia de judíos en la Península Ibérica y
más concretamente en Córdoba habría que remontarla
a los tiempos de la dominación romana, donde, huidos de las
persecuciones en Oriente, gozarían de una cierta libertad religiosa.
Esa libertad, pese a los esfuerzos en contra de las persecuciones de personalidades de la talla de San Isidoro de Sevilla, se vería coartada durante la Monarquía Visigoda, motivo por el cual la comunidad judía vio con buenos ojos la invasión musulmana de la Península, llegando a colaborar con ellos e incluso a ocupar cargos de relevancia en la Córdoba emiral y califal.
La
primera judería cordobesa de la que se tiene constancia se
ubicaba extramuros y al norte de la ciudad, la cual, sería
destruida a mediados del siglo XII tras la incursión de las
huestes almohades, mucho menos abiertas a la coexistencia con otras
prácticas religiosas.
Tras la conquista cristiana de la ciudad por medio del monarca Fernando III, con mayor o menor volumen de episodios de hostilidad con los cristianos, la población judía volvió a gozar de cierta libertad, asentándose en el espacio que ocupa la actual judería.
Una sinagoga judía de estilo mudéjar
Después de un primer intento de levantar una gran sinagoga en Córdoba, desautorizada y mandada derribar por las autoridades cristianas de la época, fue en 1315 (año 5075 del calendario hebreo) cuando se erigió la actual sinagoga cordobesa siguiendo planos del alarife Isaq Moheb, tal y como reza una inscripción fundacional allí conservada.
Es
de suponer que no sería el único edificio de culto judío
de la Córdoba bajomedieval, pero tras su decreto de expulsión
por parte de los Reyes Católicos en 1492, en lugar de ser destruida,
albergó distintas funciones como hospital para hidrófobos,
ermita de San Crispín y San Crispiniano (patrones del gremio
de zapateros) o, ya en el siglo XIX, escuela de párvulos.
Fue en 1884 mientras se acometían labores de mantenimiento en el inmueble cuando, D. Rafael Romero, padre del universal pintor cordobés Julio Romero de Torres, descubrió una serie de inscripciones que hicieron sospechar que pudiera tratarse de un monumento histórico-artístico relevante, lo cual no tardó en ser confirmado.
Fue sometida a varias campañas de restauración en 1928 y 1977 que confirmaron la singularidad de la construcción, la cual, desde 1985 permanece abierta al visitante.
Estructuralmente es un edificio de gran sencillez exterior, hasta el punto de que puede pasar perfectamente desapercibida entre las intrincadas y estrechas calles de la judería cordobesa.
Como veremos, lo más interesante es su exuberante decoración con yeserías mudéjares a base de atauriques, diseños geométricos en forma de estrellas, arcos mixtilíneos, epigrafía, etc.
Se accede a la Sinagoga desde el nivel de la calle a través de un pequeño patio tras el cual, se abre un estrecho vestíbulo del que parte la escalera que comunica con la galería de mujeres sobre él situada.
La
sala de oración propiamente dicha, sin duda la parte más
interesante desde el punto de vista artístico, presenta una
planta casi cuadrangular de unos 7 x 6,5 metros, la cual, se cubre
mediante un artesonado de lazo réplica del que existiría
originalmente.
El ingreso a la sala de oración se realiza a través de un vano adintelado en el muro sur, sobre el cual, en un segundo nivel, se abren los tres vanos abalconados con los que la galería de mujeres comunica visualmente con la sala de oración.
Dichos vanos son de medio punto peraltados y angrelados los laterales, y adintelado con yeserías angulares el central, quedando cada uno de ellos enmarcados por alfices ornados con caracteres epigráficos hebreos.
El resto del espacio del muro sur queda recubierto en su totalidad por diferentes paneles decorados por delicados entramados geométricos y vegetales de gran naturalismo, abriéndose en su parte alta cinco vanos destinados a la iluminación natural.
En
el muro oriental, un vano adintelado abrazado por otro mayor de medio
punto da paso a un pequeño habitáculo en el que se conservan
los dos nichos destinados a albergar la Torá y los Rollos de
la Ley Hebraica.
Flanquean el vano de acceso sendos paneles decorativos a base de minuciosa decoración geométrica.
Justo al costado opuesto, el muro occidental queda definido por un nicho abierto en un arco apuntado y polilobulado enmarcado en un alfiz animado por versículos epigráficos extraídos del Cantar de los Cantares. Tanto en los espacios entre trasdós y alfiz, como en el resto del muro, vuelven a sucederse los paneles ornamentales a base de finísimas yeserías geométricas y vegetales.
Por último, es en el muro norte de la sala de oración donde las yeserías han llegado a nuestros días en mejor estado, con la única salvedad de los zócalos, prácticamente perdidos en todo el espacio.
Se decora mediante tres paneles que vienen a emular arcos ciegos simétricamente coincidentes con los de la galería de mujeres de su muro opuesto. Entre ellos, dos magníficos paneles decorativos vegetales de una minuciosidad que casi puede catalogarse como labor de filigrana. Sobre ellos, además de vanos de iluminación, destacan varios frisos con decoración epigráfica inspirada en el Libro de los Salmos.
En definitiva, la Sinagoga es, por méritos propios, una de las construcciones más interesantes de la gran urbe multicultural que fue la Córdoba medieval. Su aparente austeridad externa, nada tiene que ver con el universo suntuoso que se abre ante el visitante que se asoma a su interior.
(Autor del texto del
artículo/colaborador de ARTEGUIAS:
José Manuel Tomé)