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El papel del Papado en la Edad Media

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La primacía religiosa del Papado

Papado en la Edad Media. En la imagen, el papa español del siglo XV, Alejandro VIYa durante el Bajo Imperio romano asistimos a la popularización de las tendencias monoteístas, e incluso, en filosofía, de la mano de los neoplatónicos Plotino y Porfirio, de monismo: Así, "el Uno, Dios transcendente, se manifiesta y actúa a través del Demiurgo para crear y gobernar el mundo [...]". Lo mismo que hay un único Dios a la cabeza del Universo, (fuera Júpiter, el Sol Invicto o el Dios cristiano), así en la tierra, el emperador es cabeza suprema: el emperador, «investido de la imagen de la monarquía celeste, levanta su mirada hacia lo alto y gobierna regulando los asuntos del mundo (imitando) la soberanía del soberano celeste. Al rey único sobre la tierra, corresponde el Dios único en el Cielo".

Dado que Dios le había dado el poder, era Dios quien actuaba a través del emperador, por lo cual, el origen de las actuaciones del emperador estaba en Dios, de manera que el emperador podía incluso intervenir en el gobierno de la Iglesia. El emperador era el vicario de Dios, mediador entre Dios y los hombres, según la doctrina imperial.

Papa Clemente ISin embargo, la Iglesia había sido fundada, no por la voluntad humana, sino por la divina. Si la Iglesia era un cuerpo corporativo y con personalidad jurídica que debía ser orientado y gobernado, se precisaba entonces de una cabeza: ¿Cuál sería esa cabeza?

En el Evangelio de San Mateo (16, 18 -19), Cristo le dice a Pedro:

"Y yo te digo a ti que tú eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré yo mi Iglesia" y "Yo te daré las llaves del reino de los cielos, y cuanto atares en la tierra será atado en los cielos, y cuanto desatares en la tierra será desatado en los cielos".

Pedro, así, habría recibido poderes directamente de Cristo, convirtiéndose en pastor y cabeza de la Iglesia ("Pedro, apacienta a mis ovejas" San Juan, 21, 17-18).

Según la Primera Epístola de Clemente (91 - 101) que fue dirigida a la comunidad de cristianos de la ciudad griega de Corinto, éste habría recibido, en Roma, del propio Pedro, la consagración como papa.

Siguiendo el principio romano de sucesión universal, todo papa recibe del anterior la potestas ordinis, - que comprende el cargo eclesiástico -, pero los poderes, las funciones gubernamentales, la potestas jurisdictionis, la reciben directamente de San Pedro, de manera que el Papa es un vices Christi.

En su función de pontífice y en virtud del principio jurídico romano del derecho de sucesión, el Papa se equipara a Pedro al tener la consortium potentiae, es decir, al existir una asociación de poder entre Cristo y Pedro-papa: Es Cristo quien ha dado a Pedro, y a sus sucesores, el poder de atar y desatar en el Cielo y la Tierra, por lo cual es él el auténtico pontífice, el intermediario entre Dios y los hombres. Dios distribuye el poder, dándoselo a Pedro que es piedra sobre la que se apoya la Iglesia, de manera que la comunidad de creyentes no es la que da el poder al Papa, sino que el Papa la recibe de Dios, siendo la comunidad la que depende de él.

Por su parte, durante el pontificado del Papa Alejandro I (109 - 116), San Ignacio de Antioquia dirigió una epístola a la Sede apostólica en la que se señala que Roma "está puesta a la cabeza de la caridad", de lo que se dedujo que a la sede romana le correspondía ser cabeza de la Iglesia, si bien, será en tiempos de San Víctor I (189 - 198), cuando quede sentado el principio de que, en cuestión de fe y de costumbres, es a Roma a la que corresponde resolver las cuestiones, llegando a excomulgar a las iglesias de Asia Menor por seguir celebrando la Pascua de Resurrección el 14 de Nissam, ignorando lo prescrito por el papa Aniceto (155-166), respecto a las fechas de celebración de la misma.

Inocencio I (401 - 440), reivindicará para el obispo de Roma el papel de árbitro en las disputas entre obispos, papel preeminente que León Magno (440 - 492) logrará consolidar, especialmente, tras disuadir a Atila de saquear Roma. Tenemos, en definitiva, que a lo largo de la Antigüedad tardía, la posición del Papado se ha ido reforzando, tanto desde el punto de vista eclesial, como político.

Relaciones entre el Papado y el poder civil

Ya desde los primeros tiempos, la literatura cristiana contemplaba la existencia de dos poderes distintos, uno terreno, el emperador, y otro supraterreno, el de Dios. Así, en una oración por el poder civil del año 96, atribuida al Papa Clemente I, se afirma que es Dios el que ha dado a los emperadores la potestad del gobierno, que es el Señor quien otorga la «dignidad, gloria y virtud sobre todas las cosas de la tierra» y ruega dé a los cristianos «docilidad para obedecer en tu Nombre, que es Santo y Todopoderoso, a nuestros gobernantes y jefes sobre la tierra» Efectivamente, los autores cristianos, basándose en la respuesta que da Jesucristo a Pilatos,  «no tendrías ningún poder sobre mí si no te hubiera sido dado de lo alto», van a concluir que el poder es concedido por Dios; al fin y al cabo, si Dios es el máximo poder, la Omnipotencia, resulta lógico pensar que el poder que tiene el emperador no lo ha conseguido por sus exclusivos méritos, sino por la voluntad de Dios, pues «no hay autoridad sino bajo Dios; y las que hay, por Dios han sido establecidas» (Rom. XIII, 1-7), por eso, «adoro solamente al Dios verdadero y real, sabiendo que el emperador ha sido constituido por Él» (Teófilo de Antioquía, Ad Autolycum, II, 11)

Dado que es Dios el que concede el poder, cualquier resistencia al mismo es, en realidad, resistencia a la voluntad de Dios y por eso, «todos han de estar sometidos a las autoridades superiores» (Rom. XIII, 17) y aunque, «adoramos sólo a Dios»«os servimos a vosotros alegres en todo lo demás, reconociendo que sois reyes y príncipes de los hombres y rogando al mismo tiempo que, juntamente con el poder regio, recibáis inteligencia prudente» (Justino, Primera Apología, XVII). Ahora bien, los magistrados, los emperadores, son ministros de Dios para el bien, de manera que «el emperador no es Dios, sino un hombre constituido por Dios en su lugar» (Teófilo de Antioquía, Ad Autolycum, II, 11) no para ser reverenciado, sino para que «ejerza juicio justo», « para que el Poder que de Ti les vino lo ejerzan en paz y con mansedumbre y penetrados de tu santo temor» (Clemente Romano a los Corintios, 60, 4; 61, 1-3). Por tanto, la dignidad imperial es un oficio, un ministerio que se ejerce al servicio de la justicia de Dios: Por eso, San Ambrosio, obispo de Milán, excomulgará en 390 al propio emperador Teodosio, en lo que constituye una de las más notorias y tempranas tensiones político-religiosas entre poder pontificio y poder laico, de tantas como menudearán a lo largo de la Edad Media, especialmente con los titulares del Sacro Imperio Romano-Germánico.

La Teoría de los Dos Poderes o de las Dos Espadas

Un rey o un emperador cristiano ejerce, como hemos mencionado, un oficio, un ministerio, y por ello, la Iglesia, y más aún el Papa, como auténtico vicario de Cristo en la tierra, tiene derecho a intervenir, en caso de que el mismo no cumpla con dicho ministerio.

Ahora bien, Gelasio I (492 - 496) distingue entre potestas - que ostentan los emperadores - y la auctoritas - que pertenece a los papas -: El poder laico tiene poder para hacer, pero los papas tienen autoridad moral para censurar las actuaciones de los poderes laicos. Surge así la teoría de los dos poderes o las dos espadas, por la cual, si bien la Iglesia y el Papado obedecen las leyes promulgadas por el Emperador, éste ha de respetar la autoridad del Papado en lo tocante a cuestiones de orden religioso y moral - como por ejemplo, el nombramiento de los obispos por parte del Papa, origen de la conocida como Querella de las Investiduras -.

Así lo pone de manifiesto en su carta al emperador Anastasio: «Hay dos poderes que gobiernan el mundo: la autoridad sagrada de los pontífices y la potestad regia. [..] Tú sabes, mi muy clemente hijo, que si gobiernas al género humano por tu dignidad, inclinas sin embargo la cabeza ante los prelados en las cosas divinas [...], (has de) estar sometido al orden religioso más que dirigirlo, [...] y si en todo lo que concierne al orden público los prelados reconocen la autoridad del imperio, - que, (no obstante), ha sido conferido por una disposición sobrenatural, (es decir, por Dios) -, y han de obedecer sus leyes [...], con más razón debe(s) obedecer al prelado de esta sede (Roma) que la divinidad suprema ha querido poner a la cabeza de todos los padres» .

Los Estados Pontificios

Ahora bien, mantener la independencia del Papa respecto a los poderes laicos, exigía también autonomía material y jurídica: El Papa no podía ser súbdito de ningún monarca, dado que era padre y árbitro de todos. Surge así, supuestamente a finales del S. V,  la "Leyenda de San Silvestre" y la Donación de Constantino: En un contexto en el que la doctrina gelasiana ganaba fuerza, nace esta leyenda que relata la conversión de un Constantino que, arrepentido de sus pecados, se arroja a los pies del papa y se despoja de los emblemas imperiales, entregando al pontífice lo que después será conocido como Estados Pontificios.

San Gregorio MagnoA fin de asegurar las bases materiales de los Estados Pontificios, y con ello, la autonomía respecto a los poderes laicos, el Papado, especialmente desde Gregorio I Magno, preocupará dotarse de tierras, especialmente a partir de donaciones voluntarias de los fieles.

Será también Gregorio I el que impulse la actividad misionera, logrando con ello, constituir nuevas sedes episcopales, ligadas directamente al pontífice y con capacidad para contrarrestar a las sedes orientales, refractarias a aceptar la autoridad romana. Así mismo, se preocupará de estrechar lazos religiosos, políticos y jurisdiccionales de las nacientes monarquías germánicas, especialmente con los reyes francos, a fin de sacudirse la dependencia respecto a los emperadores de Oriente, llegando los Papas a arrogarse la potestad de coronar emperadores, en tanto en cuanto, según la leyenda de San Silvestre, habría sido precisamente el Papa, el que habría recogido las insignias imperiales que Constantino arrojara.

(Autor del texto del artículo/colaborador de ARTEGUIAS:
Jorge Martín Quintana)

 


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